En algún lugar de la Candelaria

Días: sesenta y ocho, sesenta y nueve

Recorrido: Aeropuerto – Carrera diez – Monte Monserrat – Casco Histórico – Museo de Botero – Casa de la Cultura – La Plaza del chorro – La calle el Embudo – El teatro – Hotel.

Llegamos al aeropuerto internacional „El Dorado“ – Bogotá. Esta ciudad es la tercera capital más alta de Sudamérica después de Quito —volamos a esa ciudad desde Cuenca— y la Paz —volamos a esa ciudad desde Uyuni—, es decir hemos volado en estas vacaciones a las tres capitales más altas de esta parte del hemisferio, ¡Qué bien!

El nombre de Bogotá etimológicamente proviene de la palabra chibcha «bacatá» que significa “La Dama de los Andes” o en lengua Aimará significa “La montaña que resplandece” (fuente: Wikipedia).

De camino al hotel, (unos 35 minutos), pudimos apreciar a una ciudad tranquila, lejos de toda convulsión o trifulca, de las que habíamos seguido por las noticias internacionales amarillistas. Nuestro taxista se quejaba del vandalismo de aquellas personas que, solamente aprovechan la oportunidad para hacerle daño a la ciudad sin darse cuenta de que el único perjudicado es el pueblo mismo, sus ingresos y sus impuestos.

Nos comentó que uno de los medios de transporte más utilizados, —El Transmilenio— fue destruido en muchas de sus estaciones ocasionando daños, quizá irreparables, a la ciudad. El cielo atiborrado de nubarrones negros nos anunciaban lluvia. Este caprichoso tiempo llegó puntual a recibirnos en nuestra primera tarde en la ciudad.

Salimos a caminar por la peatonal —la carrera siete— hasta la Plaza Bolivar.

Nos encontramos con afiebrados jugadores de ajedrez que no se dejaban amedrentar por ese mal tiempo y jugaban concentrados y alejados del mundanal ruido.

Nos encontramos con las entradas agotadas en el teatro, con vendedores ambulantes, con trabajadores, artistas callejeros, músicos, parques iluminados —piernas—.

Llegamos al hotel empapados y un poco aturdidos con el ruido, los olores, la gente y el trafico: será la edad, pero creo que me sentía más cómoda navegando en canoa por los humedales del Alto Mayo en la Amazonía peruana obsevando, monos, culebras, flores, aves o perezosos.

Bogotá es una ciudad impresionante, dimos fe de ello, cuando subimos al Monte Moserrat — a 3170.m.s.n.m. —

Nos encontramos con todo tipo de público: profesores con sus alumnos, familias, jóvenes, turistas, feligreses que asistían devotos a su misa matutina, deportistas, estudiantes, etc.

Y, talvez algún „influencer“ posando para su mejor foto de Instagram.

Bajamos a la ciudad en taxi y, naturalmente, nos bautizaron.

Reglas importantes para movilizarse en una ciudad latinoamericana:

⁃ Pide tu taxi desde el hotel

⁃ Pide a tu taxista en Bogotá las tarifas de los puntos de viaje. En Bogotá se comienza con 28 puntos que es la tarifa mínima de 4500 pesos.

⁃ Pide el precio de la carrera antes de subirte al taxi.

⁃ Si podéis descargar una aplicación de taxi en vuestro móvil, hacédlo.

Nosotros no hicimos nada de lo anterior y, espontáneamente, tomamos un taxi de la calle: nos timaron. Quedará como anécdota.

Nos fuimos al Casco histórico a pie —comenzamos en la carrera cuatro y calle doce— llegamos a un pequeño restaurante, cuyo nombre no puedo acordarme, y comimos un delicioso plato tipico regional „El ajiaco“.

Ese restaurante tenía una fachada muy morisca, traía a mi memoria a mi Alhambra en Granada, a mi Giralda en Sevilla: de una arquitectura interior al puro estilo árabe con arcos de medio punto, ventanas forjadas en hierro y su techo con forma de bóveda, me regresaba el buen gusto por esta ciudad, después del trago amargo del timo.

Entramos en el comedor y una luz tenue lo inundaba, música suave y la atención de ese joven bogotano de unos ojos verdes-miel con un acento cerrado y dulce, que nos empalagaba.

Luego vistamos el museo de Botero, donde no solamente nos encontramos con sus descomunales cuerpos.

Si no también con pájaros tanto en bronce como en cuadros, además de fruteras, guitarras, Mona Lisas y presidentes, etc.

En algún lugar de la Candelaria me encontré con casas coloniales y coloridas, con grafitis o arte urbano.

Nos encontramos con gente amable y disfrutamos de otra Bogota: tranquila, culta, colorida, llena de historia, etc.

Se presume que en la Plazoleta del Chorro de Quevedo fue, donde los españoles le cambiaron el nombre al pueblo de “Muequetá” —asentamiento de los “muisca”— a Bogotá.

Muy cerca de allí se encuentra la calle del Embudo la más antigua, donde nos encontramos con espectaculares grafitis, galerías de arte, cafecitos, etc.

El rostro de esta indígena, orgullosa de su historia, adorna la entrada norte a esta emblemática calle.

Y, al sur de esta empedrada y estrecha callejuela, encontramos su nuevo nombre CL 12.

De regreso este „grito social“, al rojo vivo, pidiendo amor —apiñado dentro de la soledad en medio de la multitud— me impresionó.

Curiosos entramos en un teatro experimental, donde tuvimos la suerte de participar en el ensayo final de „Artes y oficios transformistas“ y su cierre de curso.

Era una Obra, donde se presentaron „Drag Queens“ interpretando a varias divas de la canción en el tiempo.

Recuerdo, por ejemplo, la impecable interpretación de una dorada Rocío Durcal cantando “La gata bajo la lluvia“.

Ellos, ellas y elles estaban orgullosos de presentar su arte Drag muy conocido en la comunidad LGBT y nos hizo reflexionar sobre el papel de todos, todas y todes dentro de nuestra sociedad.

Debemos estar por la lucha de inclusión de géneros: padres, madres, hermanos, vecinos, escuelas, universidades, etc. Ellos, ellas y elles esperan que su arte sea reconocido así como pasó a ser reconocido el perseguido grafiti de las calles de los ochenta como verdadero „Arte efímero o urbano“ admirado en el mundo entero.

Fue un broche fantástico para terminar nuestra estadía en Bogota.

Mañana seguimos para Medellín. Saldremos de Bogotá ciudad retrógrada, —el timo—, y vanguardista, —el reconocimiento del arte LGBT —, al mismo tiempo.

Llegamos a Colombia

Días: sesenta y cinco – sesenta y siete

Recorrido: Puente de Rumichaca – Santuario de las Lajas – Pasto – Bogotá

Estamos en el puente de Rumichaca, mucha gente a nuestro alrededor: Sudo, no sé si es por el calor o por los nervios que me agobian.

Compatriotas por todas partes, sentados en el piso, arrastrando maletas, unos llevaban rostros estrujados por la vergüenza, por el dolor, por la incertidumbre, por la impotencia, otros llevaban en sus rostros plasmada su esperanza, pero todos, como yo, estaban ansiosos.

Después de esperar algunos minutos llegamos a la ventanilla y la señorita del departamento de migración de Ecuador me dice con tanta frescura:

—Señores ustedes entraron por „La Balsa“ así que deben sacarle fotoscopias a sus pasaportes.

—¿Qué? —¿No es trabajo de ustedes?

—No, ustedes entraron por la Balsa y, deben sacar ustedes las copias. Además, nosotros no tenemos copiadora. —sáquele una copia a su sello de entrada al país y a sus datos personales.

No lo podía creer. Estamos en el país de los dólares y no tienen ni para una simple copiadora.

Entramos por La Balsa, es verdad, —donde la oficina de migración peruana tenía hasta cámara digital y máquina para las huellas dactilares— y la ecuatoriana ni siquiera un registro de entrada a nivel nacional.

Viajar significa salir de tu zona de confort. Viajar significar volver tu mirada más amplia y tu pensamiento más reflexivo.Viajar te muestra quién eres o quién no quieres ser.

Viajar te hace sentirte pequeña e indefensa ante el poder de unos cuantos o te hace sentirte valiente para superar cualquier prueba.

Nos pusieron el sello de salida: dejábamos Ecuador.

Cruzamos el puente nos dirigíamos a Colombia. Llegamos a la otra frontera. Era escalofriante. Tenían tres filas de acceso: Para las personas que van a ingresar a Colombia, para las personas que van a salir de Colombia, para los venezolanos.

Me sentía tan triste. Mi país, el país de mis primeros sueños, el país de mi corazón. Mi país que ante los ojos del mundo antes era sinónimo de riqueza, adelanto y poderío hoy en día es sinónimo de calamidad y carga: Como los miraban, como me miraban.

Llegamos a la ventanilla:

—¿De dónde es usted? Me preguntó el oficial, después de mirar mi pasaporte y leer mi nombre.

—De Venezuela, contesté, entre dientes, afligida y afanada. Era la primera vez en cincuenta y tres años que me dolía mi país: Venezuela —para ti mis pensamientos—

»Hoy es uno de esos días en que el olor y el recuerdo me acunan: Patria querida, te oigo y te huelo.

Te huelo a arepita recién hecha temprano por la mañana, te huelo a mar y a caracolas en los fines de semana.

Te huelo a pan dulce, te huelo a canela,te huelo a incienso en la Semana Santa.

Te huelo a guarapito endulzao con papelón y con limones del árbol del patio delante de mi ventana, allá en mi casa del Tocuyo en tu tierra.

Te huelo a cerezas y a mamón, te huelo a campo, a tierra, a libertad, a esperanza…¡¡¡Ah!!!, belleza, cuánto te añoro, patria.

Mi cuatro, mi arpa y mi alma se encuentran allá.

Tú eres mi tierra. Tú eres mi tierra herida por un desalmado: Desangrada y moribunda.

Te sueño, te extraño.

¡Qué lindo sería que el éxodo de mi pueblo termine!

¡Qué lindo sería poder regresar a tus llanos, a tus sabanas, a tu mar,a tus ríos, a tus montañas, a tu lar…!

¡Oír al turpial tomándose un guayoyito, y oler tu tierra mojada: nuestra tierra!

Te amo, aunque no hable como mi pueblo,aunque no me vea como una de ellos.

Aunque no te conozca del todo eres mi madre, mi madre bella.

Nunca te cambiaré: Te espero y sé que en algún momento estaré en tus brazos de nuevo«

Salimos de allí en taxi directo al Santuario de las Lajas. Necesitaba ir allí para llenar mis ojos de belleza.

Después salimos rumbo a Pasto, en el departamento de Nariño, conocida por el famoso Carnaval de Blancos y Negros. Lastimosamente llegamos un mes antes, pues sus fiestas son del dos al siete de enero.

Paseamos por la pequeña ciudad que nos sorprendió con sus grafitis y por sus ciclovías. Regresamos al hotel.

Por la noche gozamos de un espectáculo navideño muy curioso.

Al siguiente día, muy temprano, nos dirigimos al aeropuerto para tomar nuestro vuelo a Bogotá. A la distancia nos despide el Galera aún cubierto con sus sábanas de algodón mañanero.

En la sala de espera del aeropuerto bebiendo café —calentita— reflexiono: Lejos va quedando esa frontera. Lejos van quedando esos momentos.

Rolando y su tren de la libertad

Días: sesenta y dos – sesenta y cuatro

Recorrido: Quito – Ibarra – el tren la libertad – Salinas – Tulcán

Salimos por tierra desde Quito hasta Ibarra, tres horas más tarde llegábamos a „la ciudad blanca“ del Ecuador, pero ¿por qué se le conoce con ese nombre? Nos preguntábamos.

Entrábamos a la ciudad y, Taita Imbabura se colocaba su corazón albo para darnos la bienvenida.

Nos hospedamos en una pequeña hostal cerca del mercado central, donde las apariencias engañan: personas humildes y solícitas nos esperaban con una habitación sencilla, pero impecable.

Salimos a caminar y la lluvia era nuestra guía, no teníamos muchas opciones. Fuimos al Centro comercial mas grande de la ciudad fue muy interesante observar a los citadinos y su forma de vestir: una fusión entre la tradición y la modernidad. De camino al hotel descubrimos que pasaba un tren por la ciudad.

Al segundo día nos dirigimos a la estación de tren para averiguar si podíamos adquirir los boletos para hacer el recorrido de Ibarra a Salinas en ese tren.

Una actividad para turistas, pensé, pero estaba equivocada. Fue un viaje a través de la historia, de la geografía, la gastronomía y de la música, etc.

Salimos puntualmente a las 10.30h de la estación de Ibarra.

Por fin sabremos, por qué se le conoce a Ibarra como la ciudad blanca del Ecuador, por fin sabremos la leyenda de Taita Imbabura y Mama Cotacachi, por fin sabremos, el porqué el tren que nos transporta lleva el nombre de „La libertad“.

Rolando, nuestro guía, era de contextura fina y de altura mediana, su tez morena hacia juego con sus cabellos negros y ensortijados. En la mitad de su rostro dos hermosos escenarios decorados con espesas pestañas y delineadas cejas eran el marco perfecto para permitirle brillar a sus negros y profundos ojos almendrados.

Por encima del techo de su boca pequeña y sedosa, que resguardaba sus bien delineada e impecable dentadura, se encontraba una pequeña y bien redondeada nariz. Sus ventanas nasales se movían al compas de sus palabras. Sus palabras me transportaban mientras nos relataba, con un tono de voz mesurado y digno, su historia. La historia de sus antepasados.

Recorrimos una distancia de treinta kilometros en casi dos horas, íbamos a unos 20 km/h vimos el mercado, observamos la gente, los negocios, las casas blancas, los trenes antiguos, etc.

Mientras tanto Rolando nos contó que en una madrugada del mes de agosto de 1868 hubo un terremoto tan fuerte en Ibarra que sorprendió a la población en sus casas o durmiendo. La gente quedó atrapada entre sus escombros: peste y enfermedades contagiosa se propagaban. Los pocos sobrevivientes se fueron a vivir a las faldas de Taita Imbabura. Después de cuatro años pudieron regresar, pero para ello, las nuevas viviendas en Ibarra fueron pintadas con cal como antiséptico para evitar las enfermedades. Desde ese día se le conoce a Ibarra como la ciudad blanca a la que siempre se vuelve.

Fue impresionante escucharlo y sobre todo ver a Taita Imbabura todavía allí cuidando a sus hijos por los siglos de los siglos: Amén.

Luego pasamos por Mama Cotacachi y Rolando nos contó la leyenda: Taita Imbabura estaba enamorado de Mama Cotacachi y por eso le regaló una fina diadema de copitos de nieve para verla mas hermosa. Cuando se enamoraron la tierra tembló y tuvieron un hijo de ese amor el pequeño Yanahurco. Ahora Taita Imbabura está viejo y débil, pero se dice que cuando en Ibarra un viento suave y frío la recorre, son sus besos volados que le hace llegar a sus adorada Cotacachi.

Esa leyenda me emocionó. Querría hacer mía esa historia y que cuando sientas esa brisa fresca que roce tus mejillas sepas que son mis besos que te acarician.

Pasamos por el túnel de los deseos, naturalmente pedí el mío, dentro del túnel del amor nos dimos el beso de rigor. Admiramos la cascada Cabello de Ángel.

Paramos en la estación Hoja Blanca, bebimos jugo de tuna y comimos empanadas de viento.

Continuábamos el recorrido y la temperatura se hacia mas cálida y cambiaba el paisaje; ahora eran las plantaciones de algodón y de caña las que dominaban el paisaje.

La población comenzaba a cambiar también: nos encontrábamos con una población afrodescendiente asentada en Salinas nuestro destino final del viaje.

En Ecuador existen tres lugares con el nombre „Salinas“: Salinas de Ibarra, Salinas de Guaranda y Salinas de Santa Elena.

También nos habló de los diferentes Agaves de la región : del verde claro de donde se sacaba „las cabuyas“ para hacer costales, pero esta producción decayó con la entrada del plástico.

Los Agave verde oscuro se adquiría en la antigüedad el Chaumiski „bebida de las culturas andinas“ ahora se elabora tequila ecuatoriano en baja escala.

También tienen algarrobos, zorros andinos, halcones, gallinazos, reptiles.

Observamos desde lejos la Panamericana E35 que va desde Argentina hasta Colombia.

Rolando con su porte altivo y al mismo tiempo humilde nos relataba el porqué del nombre de este valle „Salinas“ la tierra es rica en sal y tienen su propio procedimiento para extraerla.

Rolando nos relató su historia; de cómo la llegada de la religión católica y de los Jesuitas por el 1500 fueron el motivo de la introducción de esclavos africanos al Ecuador.

Todo comenzó con la explotación de la caña de azúcar y algodón en sus obrajes y latifundios. A Salinas de Ibarra se le conocía como el valle de la muerte.

Los indígenas no aguantaron las precariedades de la zona y morían. Necesitaron nueva mano de obra y trajeron a sus antepasados de Africa; ellos llegaron a Santa Marta Colombia y los trajeron encadenados a este valle eran marcados como animales con las iniciales de los dueños de las haciendas si intentaban escapar eran castigados.

Trescientos años de dolor y de esclavitud. Esta situación fue abolida en 1801. Y los esclavos que fueron libres se asentaron en Imbabura, Carchi, Loja y Esmeraldas.

De esta forma Rolando nos desveló el nombre de este tren en el que viajábamos „La libertad“.

Llegamos a Salinas deseosos de saber más de estos ecuatorianos candenciosos y alegres. Bailamos la bomba y aprendimos de esta sociedad liderada por mujeres.

Salimos de Salinas un poco antes de las tres de la tarde con un sol maravilloso y con mucha historia.

Dejamos a Ibarra satisfechos y nos dirigimos hacia Tulcán por tierra; los nevados nos acompañaban y nos despedían al mismo tiempo.

En Tulcán visitamos, por consejo de una compañera de colegio cuencana, el cementerio de Tulcán: valió la pena.

Conocí a tres de los podadores que dan vida a ese lugar: Luis, Jairo y Wilson. Me encantó hablar con ellos y saber de su trabajo y de su amor por sus diseños.

Quedamos sorprendido de la belleza del lugar.

Una hora más tarde nos dirigíamos al puente internacional de Rumichaca. Será otra historia.

Nina Shunku significa corazón de fuego

Días: cincuenta y nueve – sesenta y uno

Recorrido: Quito – Jerry Rivera (Los Shyris) – Avda. Amanzonas – Musica en vivo – Quito centro – calle Ronda.

Desde Cuenca volamos a Quito en menos de una hora y nos ahorramos seis horas y media de camino por tierra, (301 km.). Cuarenta y cinco minutos después llegábamos al hotel.

Mientras nos chequeábamos, recibía una foto de mi compañera del colegio que se encontraba en “mi Granada” celebrando también sus años de matrimonio.

Estaba en Quito al otro lado del mundo y solo quería estar allá en “mi Granada”, la ciudad que me enamora, que me inspira, que me llena.

Recordaba mis paseos por la Alhambra por la noche admirando a mi luna, recordaba mis paseos por las juderías, recordaba mis baños árabes a la medianoche, recordaba mi primer mural, “Si no me amas, yo te amaré”. Mi corazón, mi mirada y mis recuerdos se encendían.

Quito se encuentra sobre un terreno muy irregular lleno de curvas, cuestas, calles antiguas y edificios modernos, en la actualidad ha crecido tanto que, el primer aeropuerto “Mariscal Sucre” se encontraba a las afueras de la ciudad.

Recuerdo cuando fui a buscar a mi „chico de los ojos verdes“, a finales de los ochenta.

Era una mañana fría de junio. Él fue casi el último que bajó del avión; con su su garbo al caminar y su paso sereno, simplemente contrastaba con el latir acelerado de mi corazón que casi se me salía del pecho. En esa época fumaba, creo que me fumé media cajetilla.

Él llevaba una camiseta a rayas azules y blancas y una „sudadera“ verde turquesa, sobre sus hombros un clásico bolso cruzado tipo bandolera de piel, sus bluyínes raídos azul claro y sus tenis azules, completaban su vestimenta.

Yo llevaba también unos pantalones raídos negros, converse negros, una camisa de hombre grandísima blanca y un saco de hombreras anchas confeccionada en „pata de gallo“ negro-blanco, completaba mi atuendo, exagerados pendientes de conchas marinas e imperdibles: estábamos a finales de los ochenta, sinónimo de colores estridicentes, hombreras y copetes muy altos.

Musicalmente nos enriquecíamos con Madonna y la letra subversiva de su „Like a Prayer“ o la nunca olvidada Alaska con „A quien le importa“, (Lo sé porque me identificaba con ella), esta canción emulaba los primeros versos de „Cantos de vida y esperanza“ del escritor nicaragüense de principios del siglo XIX, Ruben Dario.

En Ecuador cantábamos a todo pecho con Umbral y su canción „A donde vas“

O la canción „Tanto tiempo“ del grupo la Pandilla, que era la que abanderaba mi corazón de fuego ese momento.

Han pasado treinta años; el aeropuerto está ubicado actualmente en Tababela al este de la ciudad es el más moderno y galardonado de Sur América.

Su tráfico es muy intenso cada día, pero lleno de gente amable y cálida que recibe al extranjero o al amigo de otra ciudad con los brazos abiertos, lleno de solidaridad y alegría.

Nuestro taxista nos comentaba, durante el recorrido, cómo ha crecido su ciudad y nos mostraba lugares como Tumbaco, antes zona rural de descanso para el pueblo capitalino, ahora se ha transformado en unas de las zonas más caras y exclusivas de la ciudad.

Nos habló de la suerte que teníamos de haber llegado para las fiestas de la ciudad, nos habló de los gobiernos, de la mentalidad del pueblo, de la realidad, etc. una persona sencilla pero coherente. Amé.

Llegamos a nuestro destino en la Diego de Almagro, estamos a unos pasos de la Avenida Amazonas.

Quito se encuentra rodeada por nevados, volcanes y montañas altas esta situación geográfica condiciona su caprichoso clima.

Recuerdo cuando “o menino dos olhos verdes” me preguntaba, ¿qué tiempo hace? Y yo le contestaba: — El tiempo no se hace, el tiempo está allí.

Esta vez no fue diferente; nos dicen que por la mañana hace un sol espectacular, pero por la tarde llueve. Entonces salíamos preparados: llevábamos a la mano algo abrigado, paraguas, ponchos de plástico, algo ligero, gafas de sol y gorra.

La primera tarde salimos del hotel y la temperatura ya había cambiado; el cielo encapotado nos anunciaba lluvias. Era un cielo quiteño plateado y añoso, por lo menos cuatrocientos ochenta y cinco años.

Caminamos por la ciudad y paseamos por el Parque de la Carolina, llegamos hasta la Plaza de los Shyris. Allí tendría lugar un concierto gratis para el pueblo quiteño.

Estaba un poco escéptica, ¿un concierto gratis en una ciudad con millones de habitantes? Pero fue fantástico: cinco horas de música en vivo y para cerrar con broche de oro llegó Jerry Rivera, salsero boricua. Recordaba sus canciones, las cantaba y no me pude contener: bailé.

El segundo día no hicimos mucho, preferimos quedarnos por el día en el hotel para planear nuestro viaje a Colombia.

Por la noche queríamos escuchar bandas de la ciudad, pero la lluvia era tan intensa que decidimos caminar.

Llegamos a un bar cubano, donde había música en vivo: bailamos hasta las tantas.

El tercer día caminamos desde nuestro hotel hasta el centro de la ciudad nuestra meta era llegar a la calle Ronda.

Donde los restaurantes, las galerías, los canelazos y las empanadas de viento estaban allí a nuestro alcance.

Teníamos como silenciosa cuidadora a la Virgen del Panecillo.

Pero ante de eso nos encontramos con Santiago y sus jóvenes compañeros quiteños que pertenecen a la asociación de arte al aire libre Sarta „Nina Shunku“ que significa corazón de fuego.

A las 16.00 horas comenzó, puntualmente, a llover, empapados tomamos un taxi de regreso al hotel: Afuera llueve, yo escribo.

Marc Anthony en Cuenca

Día: cincuenta y uno – cincuenta y ocho

Recorrido: Cuenca – Turi – Las Cajas – La Virgen de las Cajas – Piedra y Agua (Baños).

Llegamos a Cuenca y los recuerdos, sentimientos, inseguridades, dudas se desbordan en mi corazón.

Raíces sin tierra. Tierra sin hijos. Hijos sin techo. Eso es el producto de la migración, es decir, éxodo y dolor. Padres, que en sus años mozos, se trasladan a ricas tierras. Tierras que verán nacer a nuevas generaciones.

Cuenca ha cambiado, no es la misma que dejé hace treinta años, no es la misma en la que viví hace unos cuarenta.

Yo misma nací en ese otro hermoso país, que se encontraba gozando, por aquella época, de una buena situación (tanto económica como política), podía recibir con los brazos abiertos a todo hermano que necesitase de una mano amiga. Allá conoció mi padre a la que fue mi madre y formó una familia.

Fue allá, en la tierra del araguaney y del turpial, donde nací y pasé una infancia feliz “a medias”.

El olor de los árboles de eucalipto, de camino al “Parque Nacional Las Cajas” me trae de regreso a la realidad.

Después de muchos años mi padre regresó a esta su ciudad natal y nos trajo con él. Lastimosamente, y porque la vida pone muchas pruebas en el camino, no tuve la oportunidad de acercarme a mi familia paterna, y viví largos y duros años en el confinamiento del desamor.

Hoy caminando por sus calles y admirando su belleza me sonrojo recordando que fue aquí, donde lo conocí.

Ese exilio interior fue mi asiduo acompañante durante mi adolescencia, hasta que un día lo conocí a él, al que en un futuro no muy lejano sería el “hombre de mi vida”.

Repito “de mi vida”, porque a su lado pude recuperarla nuevamente.

Mi vida: una nueva vida en libertad. Conocí de su mano la cordialidad, la transparencia, el aceptarse sin barreras, y, sobre todo, conocí el amor.

Disfrutamos, entre veladas, bares, cafés y copas, esos años. Gracias amigas, gracias familia, gracias compañeros.

Esta vez pudimos “disfrutar” con Beat de esas anécdotas descabelladas de esa adolescente inquieta y rebelde, corroborando mis propias historias.

Desde Turi apreciamos como ha crecido la ciudad, mientras nos tomábamos unos “mojitos” y nos repetíamos por enésima vez nuestra “curiosa” historia.

Él me dio dos “presentes” maravillosos: transparentes, sencillos, sinceros, nobles, inteligentes, cultos.

Pero, sobre todo, él me integró a su familia, donde, aunque no llevo su sangre ni me veo como ellos, me aceptan.

Aceptan mis defectos, aceptan mis virtudes, aceptan mis errores, aceptan mis aciertos, aceptan mis mentiras, aceptan mis verdades: me aceptan tal y como soy.

Mientras ellas, mis hijas, crecían, yo también crecía interiormente. Un día me pregunté: «¿Si puedo tener en esta, mi nueva tierra, una familia maravillosa, por qué no en el país de mi padre, donde pasé una gran parte de mi vida?».

Confieso que cuando salí de aquí, a principios de los noventa, no pensaba volver.

Salí con un corazón pobre y pesado que, con el pasar de los años, había acumulado solo dolor, tristezas, soledad, decepción, etc.

A miles de kilómetros mi nueva familia me enseñaba otra cara de lo que podría ser „la convivencia“ y descubría día a día nuevas y positivas experiencias.

El simple hecho de crecer unidos entre hermanos, de convivir con primos, de visitar a tíos, de celebrar fiestas en familia, ¡qué bonito era! Me enriquecía cada día más.

Me enriquecía con esos sentimientos de humildad, de unidad, de conformidad, de fuerza, de unión, que ese „mi hombre“ noble me ofrecía en el seno de nuestro nuevo hogar y con esos sentimientos alimentaba a nuestra pequeñita familia.

Porque no solamente debemos alimentar el cuerpo, también hay que brindarle alimentos al alma.

Después de algunos años de autoexilio tomé la decisión de volver al país de mi padre y recobrar lo que por sangre me pertenecía: Y lo logré.

¡Aliméntalos mientras puedas! Alimenta tanto la carne (de sensaciones) como al espíritu (de saber y experiencias).

No estamos hechos de algodón, sino de sangre y huesos. Y solo existiremos una vez. Aprovecha cuanto puedas.

Disfrutamos de sus denuncias políticas curiosas.

Disfrutamos de las rieles del tranvía para hacernos fotos.

El último día que pasamos en esta ciudad, tomamos el taxi y nos dirigimos a las termas y, no eran las de Puritamas.

Rejuvenecidos y ligeros comenzamos a caminar al punto más alto del pueblo. Envuelta en mi nuevo poncho negro de algodón sentía como el viento silbaba y mis oídos agradecían esa música que me arrullaba mis pensamientos. Comenzé a llorar.

Él me abrazó, como es su costumbre cuando me ve ensimismada. Me frotó mis brazos con vehemencia admirando la grandeza de esa ciudad que me vio crecer.

Regresamos en taxi y, mientras esperábamos en un semáforo en rojo, contemplamos el cielo azul algodonado entre plomo y nácar sostenerse sobre las cornisas de esas edificaciones centenarias; y al contemplar cómo esa bruma cristalina las cobijaba sentía que también a mí misma me envolvía suavemente y pensaba: No he arado en el mar. He sembrado y ahora estoy recogiendo los frutos de mi cosecha.

Tengo familia, tengo compañeros, tengo amigos, tengo recuerdos, tengo pasados: Me siento plena.

Mis hijas se sienten orgullosas de cada pinta de sangre que corre por sus venas. No somos ni de aquí ni de allá: somos del mundo.

Y agradezco infinitamente a la vida por haberme dado nuevamente la oportunidad de tener lo que por derecho me pertenecía desde hace cinco décadas: una familia.

Bajé la ventanilla para aspirar ese aire frío y fresco que la ciudad me ofrecía, espiré: comenzó a llover.

Me quedé allí un momento contemplándola espléndida, mientras llegaba la noche.

Ya no tendré que soportar nunca más ese confinamiento sórdido a la soledad. Nunca más estaré sola. En la radio sonaba nuevamente la canción de Turi y yo la tarareba:

Me sentía desbordada de amor, de raíces, de pasados, pero sobre todo de presentes. Gracias Cuenca.

Voy a reír, voy a gozar

Vivir mi vida, la la la la

Voy a reír, voy a bailar

Vivir mi vida, la la la la

¡Eso!